sábado, 21 de febrero de 2015

Biocombustibles, el remedio puede resultar peor que la enfermedad

Bahía Solano, en la selva Chocoana.
Fotografía tomada y cedida por Gloria Mosquera.
En busca de una alternativa para sustituir progresivamente la energía proveniente de fuentes fósiles por otras que se generen a partir de recursos naturales renovables y menos contaminantes, los biocombustibles se erigieron, desde hace aproximadamente una década, como la panacea ante el incremento de las emisiones desmedidas de dióxido de carbono (CO2) y su efecto en el sistema climático terrestre. El hecho de que pudieran obtenerse a partir de la biomasa daba por sentado su permanente disponibilidad sin pensar en agotamiento debido a que dependían de las bondades de la madre tierra, siempre presta a fructificar en favor de la humanidad. Sin embargo, cabría pensar en estos momentos si al incrementarse en mayor medida su consumo, dada la gran apuesta como negocio que representan ¿Se pondrá en peligro la seguridad alimentaria de algunas regiones vulnerables del planeta? ¿Será sostenible si la frontera agrícola se expande en desmedro del bosque? ¿Cuál es y será su efecto en las emisiones de carbono?

Aunque en la actualidad los biocombustibles representan solo el 2.5% dentro de la gama de fuentes energéticas, un aumento significativo, como se prevé a un futuro cercano, podría arrojar resultados contraproducentes. Se espera que para 2020 en Europa las energías renovables, especialmente los biocombustibles, representen el 10% de su combustible de transportación. Para Estados Unidos se espera que esté alrededor del 12% para el mismo horizonte de tiempo y de acuerdo a la Agencia Internacional de Energía Atómica, se espera que para mediados de siglo las necesidades de transportación sean cubiertas en un 27% a nivel mundial por la biomasa. Estas proyecciones pueden fortalecer el optimismo respecto a la sustitución paulatina de fuentes fósiles; sin embargo, en materia de impactos en el volumen de emisiones de CO2 y seguridad alimentaria, este puede no ser tan positivo.

Reviste gran preocupación que se destinen extensiones de terreno fértil para la producción de materia prima con el afán de suplir la necesidad que de biocombustibles demandan la industria del transporte, principalmente, y el sector energético, en menor medida, cuando las necesidades alimentarias de la población mundial van en aumento conforme se incrementa la densidad demográfica del planeta y la fertilidad de los suelos por factores de tipo climático, contaminación y sobrepastoreo, se reduce. Conforme aumente la demanda será mayor la disposición de terreno para suplirla y este no podrá ser destinado para la producción alimenticia.  

Además de lo anterior, el que se destine cada vez más terreno con fines agrícolas supone un cambio significativo en el uso de la tierra debido a la necesaria deforestación que ello acarrea. Quitarle más extensión al bosque y la selva, tal como se ha venido presentando en la Amazonía y en la selva del Chocó, por citar solo dos ejemplos, equivale a resentir el equilibrio ecosistémico, liberar carbono a la atmósfera reduciendo a la vez la capacidad de fijación del mismo por parte de la vegetación, atentar contra la biodiversidad y modificar la capacidad de reflexión de la radiación solar por parte del terreno (albedo superficial).

La liberación de carbono es un punto crítico a la hora de evaluar los beneficios de los biocombustibles; por ejemplo, el carbono que se almacena en los bosques o en los pastizales es liberado del suelo a través de la conversión del terreno para la producción de cultivos. Mientras algunos de estos cultivos pueden generar ahorros de gases de efecto invernadero, tal es el caso del maíz destinado para la producción de etanol y el pasto varilla con 1,8 y 8,6 toneladas de dióxido de carbono por hectárea al año respectivamente, la conversión de pastizales para llevar acabo estos cultivos emite alrededor de unas 300 toneladas por hectárea. Y más aún cuando la conversión es a expensas de tierras forestales, en cuyo caso la emisión se encuentra entre 600 y 1000 toneladas por hectárea (Fargione et al., 2008; The Royal Society, 2008; Searchinger, 2008). De acuerdo a esto, el argumento de la neutralidad de la bioenergía en términos de carbono sostenido sobre la base de que las plantas recuperan el CO2 del aire cuando crecen compensando la emisión de este por haberlas quemado como combustibles, pierde sustento. Destinar un pastizal, un campo de maíz o bosque para generar energía requiere desestimarlo para la producción alimenticia o para el almacenamiento de carbono.

Deben existir unos niveles críticos hasta donde la producción de biocombustibles sea favorable. Está claro que en la sustitución de fuentes fósiles hacen parte de un todo, de una miscelánea de alternativas que aglutina a la energía solar, la eólica, la geotérmica, nuclear, etc. Dejar todo el peso o una parte demasiada amplia de la sustitución sobre los biocombustibles es insostenible.

Nelson Vásquez Castellar

metparatodos@gmail.com
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