jueves, 30 de octubre de 2014

EL VALOR PRECIADO DE LAS NUBES


Tímidas o amenazantes, altas o bajas, grandes o pequeñas, las hay para todos los gustos. Hacen parte de la vida cotidiana aun cuando pueden pasar desapercibidas al sistema sensorial humano por lapsos breves, e incluso largos, de tiempo. A ratos se admira su belleza, se plasman en pinturas y canciones, se les contempla o se les teme. Pero mucho más, con demasiada frecuencia, se omite su valor vital.  

Las nubes, esa importante interfaz en el ciclo hidrológico terrestre, esa aglomeración de partículas acuosas sólidas y líquidas, representan mucho más de lo que se tiene, por lo general, en consideración. Su función en el equilibrio climático planetario va más allá de la generación de precipitación en cualquiera de sus variadas formas, ya sea lluvia, llovizna, chubascos, granizo, nieve, etc., y de los ingentes beneficios que suponen estos fenómenos meteorológicos para la biodiversidad y su subsistencia. Las nubes también son importantes por su función en el balance térmico del planeta dado su papel como reflectantes y absorbentes de la radiación solar y terrestre. Son importantes en la transferencia de energía térmica en forma de calor latente y humedad a nivel atmosférico tanto vertical como horizontalmente. Son fundamentales en la circulación atmosférica a nivel general como regional y local mediante su capacidad de liberación de calor latente en su proceso formativo. Pero además, a través de sus mecanismos de formación, permiten la remoción constante de partículas atmosféricas que pueden ser perjudiciales para el desarrollo normal de actividades y salud humanas.  

Al verlas se subestima su valor, la fascinación por su apariencia física supera la apreciación funcional que su papel delata. Solo en momentos y épocas cuando el voraz apetito térmico de la atmósfera permite su crecimiento desmesurado para luego ensañarse contra la superficie de manera violenta, entonces, ahí, en ese preciso instante, captan el nivel de atención que un actor de su talante merece. La puesta en escena es completa, la acompañan truenos y rayos, precipitaciones intensas, continuas e intermitentes. Un enfriamiento repentino invade el entorno, el viento arrecia de manera errática, la luminosidad del sol se opaca y, entre veces, un estruendo inicial hace las veces de toque de campana para que la fiesta comience. He aquí que el cumulonimbus ha dicho presente. 

Sus variadas formas dan una señal, cada estado del tiempo conlleva una combinación particular y única de su tipología. Inestabilidad o estabilidad, convección o advección, posibilidades de precipitaciones o presagio de tiempo seco, agua o cristales de hielo ¿Cuáles son las características asociadas a los diferentes tipos de nubes? ¿Qué nos quieren comunicar con su presencia? He aquí dos preguntas que requieren una acertada respuesta. Identificarlas y conocer sus comportamientos y condiciones de formación son terreno abonado para análisis de mayor calado. Su omnipresencia evidencia su importancia en el derrotero climático del planeta, es inimaginable la vida sin nubes.  

Los estudios actuales sobre el progresivo calentamiento del planeta intentan cuantificar su papel en la contribución u oposición a dicho fenómeno pero los resultados no son claros; se conocen los mecanismos por medio de los cuales intervienen en el balance térmico y en otros procesos atmosféricos, pero cuantificar su incidencia en el calentamiento global es una tarea pendiente sobre la cual se tendrá que trabajar. A futuro es uno de los temas de estudio prioritarios; pues, en un escenario más cálido se asume una mayor cantidad de vapor de agua en la atmósfera disponible para la formación de nubes y el papel que jueguen estas, como hasta ahora, seguirá siendo determinante. 

Su importancia no admite dudas, acompañan el día a día de la existencia humana aportando beneficios para su subsistencia, muchas veces calladas, pasando de incognito; entre veces haciéndose sentir más allá de lo soportable, pero siempre en pos de una tarea regulatoria, de balance.
Que las nubes sigan danzando en el agitado mar de aire atmosférico.


 
Nelson Vásquez Castellar




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