sábado, 24 de julio de 2010

Descubren ley universal de los huracanes


Laura Plitt
BBC Mundo, Medio Ambiente

Un equipo de científicos del Centro de Investigación Matemática y de la Universidad Autónoma de Barcelona, en España, descubrió una ley que explica la relación matemática entre el número de huracanes y la energía que liberan.

Según los investigadores, independientemente de la época del año y de la región del planeta, la relación entre la cantidad de huracanes y el rango energético es la misma, aunque el número varíe si se trata por ejemplo del Océano Atlántico o el Océano Pacífico.

"Si contamos cuántos huracanes hay de cada rango de energía, obtenemos una ley muy sencilla", le explicó a BBC Mundo Álvaro Corral, uno de los principales investigadores que llevó a cabo el estudio.

"En el oeste del Pacífico, por ejemplo, entre 1986 y 2007, ha habido unos 80 ciclones tropicales entre energía uno y dos, otros 80 entre energías dos y cuatro, otros 80 entre ocho y 16 y así sucesivamente hasta llegar a entre 64 y 168", señaló el científico.

Pero la ley tiene un punto de corte: cuando el rango de energía ya es más alto, la ley deja de funcionar y el número de huracanes decrece rápidamente hasta llegar a cero.

Si bien hasta el momento se sabía que las probabilidades de que se produzca un ciclón devastador son menores que de que tengan lugar ciclones menos intensos, los científicos no habían logrado establecer una relación numérica precisa.

Los investigadores formularon la ley después de analizar los datos de los ciclones tropicales ocurridos en diversas regiones del planeta entre 1945 y 2007.

Influencia del cambio climático

El estudio les permitió a los investigadores llegar también a otras conclusiones sobre la dinámica de los huracanes.

La más importante de todas es que, dada la cantidad y complejidad de los factores que intervienen en su desarrollo (como la temperatura superficial del océano, los vientos, las corrientes marinas, la humedad y la rotación de la Tierra, entre otros), resulta imposible predecir su intensidad -mas no su trayectoria-.

"No es que no se pueda predecir su intensidad por un problema técnico o porque hagan falta más datos o mejores modelos. Nuestra investigación sugiere que, quizás, los huracanes son intrínsecamente impredecibles", le dijo Corral a BBC Mundo.

Y en este sentido, Corral cree el estudio puede ayudar a orientar los esfuerzos de los investigadores.

Por otra parte, el descubrimiento del equipo de Barcelona añade nuevos argumentos al debate -altamente controvertido- en torno a la influencia del calentamiento global sobre los huracanes.

El aumento de la temperatura en la superficie de las aguas oceánicas afecta la proporción de ciclones grandes. Sin embargo, a pesar del incremento en la actividad ciclónica en el Atlántico Norte entre 1995 y 2005, si tomamos cada huracán de forma individual, se ve que no han liberado mayor energía cuando se los comparan con otros períodos activos antes de 1970.

"La ley deja de ser válida para los rangos de energía muy altos. Y este valor máximo, depende de la temperatura del mar", dijo Corral.

"Entonces, si los océanos se vuelven más cálidos, habrá huracanes de energías más elevadas", concluyó el investigador.

BBC Mundo

Los desiertos ocupan el 25% de la masa terrestre


Vía ONU

Un cuarto de la masa terrestre, o el equivalente a 3.600 millones de hectáreas, está cubierto por desiertos y el avance de las arenas amenaza la subsistencia de 1.000 millones de personas en el mundo.

Así lo indicó hoy el Programa Mundial de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA) con motivo de conmemorarse el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación.

Para evitar que este proceso continúe, es fundamental la gestión sostenible de las tierras; por eso el tema elegido para este año ha sido “Mejorar los suelos en un lugar, mejora la vida en todas partes”, dijo la directora regional del PNUMA para América Latina y el Caribe, Margarita Astrálaga.

“El mayor problema es el estado de nuestros suelos y nuestras tierras. Y en este caso, tenemos 28% de la superficie de la región que está en estado severo de degradación”, señaló Astrálaga.

Por su parte, el especialista de la FAO sobre tierras y aguas, Jan van Wambeke señaló que, tanto en América Latina como en el resto del mundo, la desertificación se produce por varias causas.

“Que son en particular la deforestación. También el uso inadecuado de los recursos naturales y también la incidencia de los efectos del cambio climático, que es un factor más reciente”, recalcó van Wambeke.

En todo el mundo, se estima que las pérdidas anuales producidas por la desertificación superan los 40 mil millones de dólares.

Fuente: centro de noticias ONU

domingo, 18 de julio de 2010

El Cambio Climático y la importancia de las Matemáticas


Artículo de María del Carmen Gallastegui
Departamento de Fundamentos de Análisis Económico I
Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea
http://www.ehu.es/mcgallastegui

Ha costado mucho esfuerzo y demasiado tiempo convencer a una gran mayoría de personas y de políticos de que, en primer lugar, se está produciendo un efecto importante sobre el clima, un efecto al que se ha venido en denominar Cambio Climático (CC) o, inicialmente, “Efecto Invernadero”. Y todavía más convencer de que, en segundo lugar, existe una influencia antropogénica importante. Existe evidencia que prueba que el cambio en el clima no es un fenómeno exclusivamente natural sino que somos los humanos, con nuestro comportamiento, los causantes de una gran parte de la pérdida de lo que podríamos denominar “un clima estable”. En otras palabras, en el CC existe un claro componente antropogénico.

El logro de estos dos objetivos, la demostración de que efectivamente el clima de la Tierra está cambiando y lo está haciendo en gran medida a causa de nuestro comportamiento, ha sido posible gracias a la ingente tarea investigadora y multidisciplinar de científicos experimentales que abarcan áreas muy amplias. Por citar algunas: la física, la geología, la química, la ingeniería, la meteorología. Los economistas nos hemos incorporado a esta tarea investigadora porque éramos y somos necesarios. Los impactos socioeconómicos de este fenómeno son numerosos y cuantiosos, y, además, creemos tener ideas acerca de qué políticas podrían ser puestas en vigor para intentar que el CC no se convierta en un problema todavía más serio con el paso de los años.

Detrás, o debajo, de todas estas investigaciones se encuentran las matemáticas. Sin ellas, sin su utilización, no hubiera sido posible mucho del trabajo realizado, y desde luego no hubiera sido posible la obtención de la mayoría de los resultados que hoy conocemos, gracias a los cuales nos hemos persuadido de que nuestro modelo de vida ha de alterarse y de que nuestro sistema económico precisa de cambios, y en particular de un cambio en el paradigma energético.

Los científicos experimentales nos han hecho ver con claridad que las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y, en particular, las emisiones de CO2 a la atmósfera tienen un efecto flujo, y además un efecto stock; que la atmósfera no es capaz de absorber todas las emisiones, y que la acumulación de gases está propiciando un incremento en la temperatura media del Planeta que tendrá, y está teniendo ya, efectos graves en forma de fenómenos naturales con implicaciones sociales, económicas y geopolíticas muy importantes y de gran duración.

Para valorar los efectos que la acumulación de las emisiones está causando, las matemáticas también han jugado un papel fundamental.

Los científicos nos han enseñado, entre otras cosas, que el clima es diferente al tiempo atmosférico. Que hay una relación importante entre las concentraciones de GEI y las temperaturas, y que las concentraciones de GEIs han pasado de 240ppm (partes por millón) a 368 ppm entre 1870 y el año 2000. Según el PICC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático), las concentraciones aumentarán hasta las 600-700 ppm para el año 2100 si no se toman serias medidas. Y también nos han enseñado que los principales causantes del efecto invernadero son el Dióxido de Carbono (CO2), el Metano (CH4), el Monóxido de Nitrógeno (N20) y los gases fluorados (SF6, HFC, PCF). El CO2, por ser el más abundante en las emisiones, es el que ocupará mi atención en los párrafos que siguen.

El tipo de contaminación que originamos cuando emitimos CO2 a la atmósfera tiene una característica muy precisa. Es de carácter global y de mezcla perfecta. Esto quiere decir que no importa quién sea el agente emisor o el lugar donde se emita; no importa la fuente de las emisiones, sino que lo que es relevante es el total de las mismas. Lo que emiten los chinos afecta al clima lo mismo que lo que emiten los europeos, los americanos o los asiáticos.

El hecho de que el CC sea un fenómeno global explica que los economistas lo caractericemos como un “mal público”, porque el cambio en el clima de la Tierra satisface las dos propiedades que P. Samuelson (Premio Nobel en Economía recientemente fallecido) impuso a los bienes públicos en contraposición a los privados: la no-rivalidad en el consumo y la no exclusión. También podría interpretarse como un problema de bien público puro global, donde el bien a proveer es un “clima estable”. El clima de la Tierra es no rival (lo que uno disfruta del mismo no agota la cantidad disponible para otros), y tampoco hay posibilidad de exclusión (no puedo disfrutar de un clima diferente a los que disfrutan o sufren los vecinos con los que convivo).

Estas dos características hacen que los países tengan incentivos a comportarse como “viajeros sin billete”: no desean aportar nada ni hacer ningún sacrificio que redunde en la probabilidad de disfrutar de un clima estable pero, sin embargo, pueden capturar los beneficios que se derivan de la acción (mitigación de emisiones, por ejemplo) que otros generan sobre el clima.

Detrás del trabajo de P. Samuelson están las matemáticas. Gracias a ellas pudo modelizar, resolver los modelos y obtener proposiciones y teoremas que nos han servido para entender y explicar lo que está pasando y, por tanto, para saber qué medidas de acción o qué políticas públicas debieran ser puestas en práctica. Además de caracterizar a los bienes públicos, P. Samuelson también nos enseño más cosas. Demostró que cuando los bienes públicos puros se proveen a través del mercado, lo que se produce de los mismos es una cantidad insuficiente; lo que denominamos una infraprovisión. En el caso que estamos considerando, lo que ocurre es que se producirá una emisión excesiva de gases de efecto invernadero y, consecuentemente, una provisión excesivamente pequeña del bien público “clima estable”.

Los economistas nos dimos cuenta, también, igual que otros profesionales, que al constituir el CC un problema global, la búsqueda de soluciones tendría que venir de forma también global. Dicho en otras palabras, que era preciso involucrar a todos los ciudadanos del planeta, y port tanto a los países donde viven, en la búsqueda de una solución necesariamente transnacional. En otros términos, que si queremos resolver el problema del cambio climático la cooperación es imprescindible, y que las alternativas no cooperativas no nos conducirán a soluciones satisfactorias, es decir, a soluciones en las que los costes en que se incurre para mitigar las emisiones son mínimos, o las soluciones propuestas son “coste efectivas”. También aquí, en el trabajo de los economistas, las herramientas matemáticas han sido básicas e imprescindibles.

A lo largo de estos párrafos he afirmado varias veces que las matemáticas son vitales para estudiar, entender, y buscar soluciones al fenómeno del CC que tanto nos preocupa. Me corresponde ahora explicar el porqué de estas afirmaciones tan contundentes.

Comenzaré con una generalidad. Las matemáticas, es sabido, constituyen el lenguaje común de la ciencia, la base sin la cual es imposible el desarrollo científico.

Las matemáticas son un lenguaje universal que se ha expandido de forma impresionante a lo largo del tiempo, y cuyas aplicaciones en la resolución de problemas y en el análisis y explicación de fenómenos de todo tipo son innumerables.

Aún estando de acuerdo con esta afirmación general, alguien puede preguntarse acerca de si también lo son en el análisis y propuestas de solución del problema del cambio climático. Para despejar esas dudas, nada mejor que describir brevemente el trabajo de los distintos científicos involucrados en este fenómeno.

La parte más fácil, como economista, es la que se refiere a los aspectos económicos del CC. He afirmado anteriormente que el CC es un fenómeno que puede caracterizarse como un “mal público” en el sentido de Samuelson, o que también podríamos decir que el Clima de la Tierra (CT) es “un bien público de naturaleza global”. Además, como las emisiones que provocan el cambio climático tienen un efecto stock, la aproximación al problema no puede ser estática, sino que requiere de una aproximación intertemporal. El stock de gases acumulado en la atmósfera pervive durante años, lo que obliga a que los modelos utilizados tengan que tener una estructura dinámica.

Cuando Samuelson desarrolló su teoría acerca de los bienes públicos lo hizo utilizando las matemáticas, y más concretamente las técnicas de optimización. Quería demostrar que las condiciones que se tenían que cumplir para saber cuál es la cantidad “eficiente” de un bien público no coinciden con las condiciones de eficiencia que se satisfacen en el caso de bienes privados. Tuvo que plantear una función de bienestar social, maximizar esa función y obtener una condición que es, en la actualidad, algo que se explica en los cursos de economía y que puede visualizarse y demostrarse de forma muy sencilla con un simple manejo de las condiciones necesarias del problema de maximización.

Pero la economía necesita también de las matemáticas para resolver otros problemas inherentes al CC. Los efectos de las emisiones de CO2 se mantienen en la atmósfera durante mucho tiempo. Si esto es así, cualquier acción o política que pongamos en marcha para mitigar emisiones (pensemos en la utilización de fuentes de energía renovables en lugar de utilizar combustibles fósiles), tiene que tener en cuenta los efectos que la política ocasiona no sólo en el presente, sino también en todos los períodos futuros relevantes. Esto plantea un problema, porque los individuos no valoramos el presente y el futuro de la misma forma. De hecho, normalmente somos personas impacientes. Preferimos disfrutar de las cosas hoy mejor que mañana, lo que equivale a decir que si tenemos que tener en cuenta todos los beneficios y los costes generados por un cambio de política dirigido, por ejemplo, a mitigar emisiones de CO2, hemos de usar factores de descuento para poder transformar los valores del futuro en valores presentes. De nuevo, son las matemáticas las que vienen en nuestra ayuda: el cálculo de los valores presentes, si el problema se plantea en términos continuos, lo resolvemos a través de la utilización de funciones exponenciales, y la suma de las funciones de bienestar social para todos los períodos considerados la resolvemos utilizando integrales.

La programación dinámica y la teoría de los juegos son otros ejemplos básicos de cómo las matemáticas son imprescindibles para que los economistas podamos modelizar, definir y obtener conclusiones acerca de cómo deberían ser las sendas a seguir por las variables económicas y por las otras variables relevantes (emisiones de CO2), si pretendemos que el clima de la Tierra no experimente una variación que dé lugar a fenómenos climatológicos extremos.

Si esto es cierto para los economistas, imaginemos el papel que juegan las matemáticas en las predicciones que llevan a cabo los meteorólogos. Ellos nos están diciendo cuánto y cuándo se van a producir cambios en las temperaturas medias del planeta. Ellos son los que nos explican que si seguimos con concentraciones de emisiones superiores a las 450ppm (partes por millón), la temperatura media superará los 2º centígrados en plazos relativamente breves de tiempo. Pero para llegar a estas conclusiones los meteorólogos precisan utilizar modelos matemáticos muy sofisticados, modelos complejos donde tienen que incluir relaciones entre múltiples variables, y donde las ecuaciones han de reflejar innumerables interdependencias. Y todo ello en un contexto donde la incertidumbre juega un papel crucial, y donde las relaciones no son lineales.

Y ¿qué decir del trabajo de los físicos, de los biólogos, de los geólogos, de los químicos? ¿Podemos concebir el trabajo de estos científicos sin que planteen hipótesis, las contrasten, las prueben en los laboratorios y las formulen de forma matemática para ver sus implicaciones?

Por algo decía antes que las matemáticas constituyen el lenguaje común de la ciencia. Sin ellas no podríamos entendernos, no sabríamos de qué estamos hablando cada cual. Desde luego, en trabajos multidisciplinares, como lo es el problema del CC, las matemáticas resultan ser imprescindibles.

Se precisa de las matemáticas para modelizar los efectos de las emisiones en la atmósfera, para modelizar los efectos de las emisiones sobre las temperaturas, para distinguir los efectos entre zonas costeras e interiores, entre continentes, entre fenómenos meteorológicos y también, como he tratado de explicar, para poder evaluar las consecuencias, por ejemplo, sobre el Producto Interior Bruto (PIB), de los efectos de los cambios en el clima; para calcular cuánto nos costará mitigar y adaptarnos a los daños que el CC acarreará en el inmediato futuro; para predecir cuánto nos costará reducir las emisiones para el 2010, el 2020 o el 2050 o, incluso, para determinar si técnicas como la de Captura o Secuestro del Carbono serán o no rentables, dependiendo de cuál sea el coste que los gobiernos impongan por utilizar combustibles fósiles a la hora de generar energía.

A los que nos interesan los problemas ambientales en general, y en particular los generados por el CC, somos muy conscientes de que sin las matemáticas, y sin los matemáticos que las desarrollan y permiten que las herramientas sean cada vez más potentes, muchas de las evidencias de las que hoy disponemos no existirían, muchas de las certezas que hoy tenemos serían meras especulaciones, y serían imposibles los estudios sobre adaptación al CC así como los análisis sobre cuáles deberían de ser las cuotas de emisiones permitidas a los distintos sectores para evitar que las futuras generaciones hereden un grave problema generado por nuestra incapacidad para adoptar, a tiempo, medidas que abarquen a la mayoría de los países del Planeta Tierra.

Tampoco sabríamos ni siquiera cómo comenzar a computar de forma aproximada los costes que la mitigación de las emisiones nos va a ocasionar, así como la comparación de estos costes con los que se producirían en un contexto de no acción. Para estos cálculos se han desarrollado modelos de equilibrio general dinámicos y modelos de dinámica de sistemas que precisan de desarrollos matemáticos y que permiten modelizar los distintos sectores que componen la economía, en particular el sector energético, con toda la complejidad que éste comporta.

En resumen, el Cambio Climático, al constituir un fenómeno multidisciplinar, global y en el que el riesgo y la incertidumbre están presentes, no podría ser abordado sin la concurrencia de los matemáticas. Los párrafos anteriores han citado algunos ejemplos que sirven para ilustrar esta realidad. Que conste que no son los únicos.

Fuente: MATEMATICALIA, Revista digital de divulgación matemática

martes, 8 de junio de 2010

CAMBIO CLIMATICO Y ENERGIA


Vía Textos Científicos.com

El clima es el resultado de un sistema circulatorio a escala planetaria, el movimiento de la masa de aire que rodea el globo bajo la influencia de la radiación solar y el constante intercambio con océano y suelo en un equilibrio dinámico muy complejo, regulado por una serie de factores cuya influencia apenas empezamos a comprender, y que sin embargo, tenemos la certeza de que estamos alterándolos de forma irreversible.

El carácter unitario y global del clima fue percibido ya a principios del siglo pasado. Se intuía que atmósfera y océano tenían un papel muy importante en la temperatura media del planeta y que parte de la energía que llegaba del Sol era, de alguna forma, retenida por la atmósfera.

No mucho mas tarde (1861) se atribuyo al vapor de agua y al dióxido de carbono (CO2) esta absorción parcial, e incluso algunos científicos llegaron a aventurar que pequeños cambios en la proporción de estos gases podían tener efectos climáticos considerables. Este es un fenómeno que en los últimos años ocupa la atención mundial, y se denomina comúnmente efecto invernadero. La analogía se debe a que agua y dióxido de carbono (también otros gases como metano, oxido nitroso...) actúan como el vidrio en un invernadero: la radiación solar atraviesa la atmósfera y llega hasta la superficie donde se transforma en calor, que es reemitido nuevamente a través de ella como radiación infrarroja; una parte de esta radiación es absorbida por los gases de efecto invernadero (GI). La energía retenida hace que la temperatura media de la superficie del globo sea de unos 15ºC en lugar de los -18ºC que corresponden a la radiación que sale del planeta.

Hay pruebas de que en épocas pasadas las variaciones en la cantidad de irradiación solar y en la composición de la atmósfera dieron lugar a unas condiciones ambientales muy diferentes a las de hoy. Así hace 100 millones de años, cuando existían los dinosaurios, la cantidad de CO2 era de 4 a 8 veces mayor y la temperatura media 10 o 15ºC superior a la actual, mientras durante la ultima glaciación, hace 10.000 años, la temperatura media bajo a 9 o 10ºC, en correspondencia con un contenido en CO2 de unos 2/3 del que conocemos ahora.

Ciertamente el clima evoluciona, la cuestión es con que rapidez y con que margen de adaptación para los seres vivos. En poco mas de un siglo la actividad humana ha aumentado la cantidad de CO2 atmosférico en un 25% y doblado la concentración de metano; el reforzamiento consiguiente del efecto invernadero necesariamente dará lugar a un aumento de la temperatura, que se calcula de 1ºC cada 30 años, mientras que desde la ultima glaciación su ritmo de cambio ha sido de 1ºC cada 500 años.

¿Que transformaciones del clima pueden esperarse en adelante? Depende de la cantidad de emisiones de GI en los próximos años, de que fracción de estos permanezca en la atmósfera y de los fenómenos de reforzamiento o amortiguamiento del cambio que pongan en marcha las modificaciones del clima ya en curso.

En un mundo que no se de por enterado, es decir si todo sigue como hasta ahora, se prevé que las emisiones de CO2 continúen creciendo un 1% anual hasta el año 2050, junto con la de otros GI (metano, oxido nitroso, CFC y ozono troposferico principalmente) que en conjunto pueden suponer un reforzamiento del efecto invernadero equivalente al del CO2.

La mitad aproximadamente de este dióxido de carbono se transfiere al océano, al suelo y a la vegetación donde queda almacenado, pero esta proporción puede ser alterada en ambos sentidos: la estimulación del crecimiento de las plantas retiraría mas CO2, pero el aumento de temperatura podría acelerar la descomposición de los desechos biológicos liberando carbono en suelos secos y metano en arrozales y zonas pantanosas; sobre el proceso de acumulación en los océanos las incertidumbres son todavía mayores. A pesar de tantas cuestiones pendientes, se estima que la concentración de CO2 atmosférico se doblara hacia el año 2030.

El único modo que tienen los científicos del clima de hacerse una idea de las consecuencias es elaborar modelos matemáticos en ordenador. La precisión con que puede preverse el comportamiento climático no es alta, pues la capacidad de calculo de los ordenadores limita el área mínima en que puede calcularse la evolución del clima. Tampoco es enteramente satisfactoria su exactitud, por la falta de conocimiento de las complejas y múltiples transferencias de gases y energía entre atmósfera, mar, hielos, bosques, etc... y particularmente de la evolución de las nubes y los océanos (un investigador estima en 10 o 15 años de trabajo el tiempo necesario para representar adecuadamente en los programas estos fenómenos, y otro tanto para resolver los problemas que se presenten). Aun así hay suficiente acuerdo entre los científicos del clima para prever un aumento de 1.5 a 4.5ºC en la temperatura de la superficie. Este cambio es comparable a los 5ºC que nos separan del máximo de la ultima era glacial (hace 18.000 años), pero desarrollado entre 10 y 100 veces mas deprisa.

Las consecuencias no serán uniformes geográficamente; de nuevo van a pagar justos por pecadores. El ciclo hidrológico se vera alterado por la mayor evaporación del agua (que a su vez refuerza el calentamiento), se prevé un aumento de las lluvias en las latitudes altas durante el invierno, e intensificación de las sequías del 5% de frecuencia actual a un 50% para el 2050; las zonas con mayor riesgo son el interior de los continentes y precisamente las que mas la sufren hoy día: Sahel, Norte frica, Sudeste de Asia, India, Centroamerica y Mediterráneo. Con gran probabilidad, el nivel del mar se elevara debido a la expansión térmica del agua y la fusión de los glaciares de montaña. Se calcula un incremento de 10 a 30 cm para el 2030 y hasta 1 metro para el 2050. Una subida semejante significaría la contaminación de acuíferos, la recesión de costas y tierras húmedas, hasta el 15% de la tierra fértil de Egipto y el 14% de la de Bangladesh serian inundadas con la subida máxima prevista. Se teme un retroceso de los bosques en el interior de los continentes, sustituidos por ecosistemas mas degenerados.

El calentamiento esperado excede con mucho la capacidad de migración de comunidades naturales, resultando una destrucción sin reemplazo y un empobrecimiento de los ecosistemas, perdida de especies y en definitiva perdida de la capacidad de la Tierra para soportar vida. Quizá la agricultura industrializada pueda responder a la nueva situación con suficiente rapidez (aunque en EE.UU. la ola de calor del año 1988 significo un descenso del 30% en la cosecha de grano), pero la agricultura de los países en desarrollo no tiene medios para una adaptación semejante.

Hay muchos fenómenos de gran alcance cuya evolución frente al cambio climático es incierta, por ejemplo, las consecuencias de un Océano Artico sin hielo sobre las corrientes marinas y su influencia en la pesquería, o el probable desplazamiento de enfermedades tropicales hacia otras zonas de la Tierra.

¿Por que se ha llegado a esta situación y en un tiempo tan breve? La quema de combustibles fósiles arroja a la atmósfera una media de 3 Kg. de carbono por persona y día; esta media combina los 15 Kg. diarios de un norteamericano o los 4,5 Kg. de un español con el escaso 1,4 Kg. emitido por un habitante de un país no desarrollado. Los combustibles fósiles se queman casi exclusivamente para producir energía que, en el primer mundo es consumido 7 veces mas por habitante que en el Tercer Mundo.

El modelo económico y productivo dominante identifica bienestar con expansión y esta con consumo de energía creciente (desde principios de siglo se ha multiplicado por 30). El 75% de la energía que se utiliza procede de combustibles fósiles: petróleo (32%),carbón (26%) y gas natural (17%), que producen unas 6 Gt anuales de CO2. Sin haberlo planeado nos hemos topado con los limites del sistema económico actual, bastante antes del anunciado agotamiento de los recursos.

La única defensa razonable ante el cambio climático es la reducción drástica de emisiones de dióxido de carbono cambiando el sistema energético y por tanto el económico, renunciando a la devoradora filosofía de desarrollo sin limites. Se ha calculado que la estabilización de la concentración efectiva de CO2 en la atmósfera requiere la reducción de emisiones de origen energético al 70% del nivel de 1990 para el año 2020, y aun así dicha estabilización solo tendría lugar una década después con una cantidad de dióxido de carbono un 8% mayor que en 1990

La propuesta de la conferencia de Toronto (1988) es que en el 2005 las emisiones procedentes de uso de la energía y procesos industriales sean inferiores en un 20% a las de 1990. Este objetivo mínimo exige una revisión urgente de las políticas económicas, energéticas y de transporte del mundo desarrollado.

Sin embargo, no es menos cierto que la satisfacción de las necesidades básicas del Tercer Mundo, formado por el 80% de la humanidad y donde tiene lugar el 90% del aumento de población, conlleva un crecimiento de la demanda energética que podría alcanzar un 4 o 5% anual en las actuales condiciones. Para dar salida a ambas prioridades hay que aplicar simultáneamente dos estrategias: el ahorro de energía mediante la racionalización del uso y el empleo de tecnologías eficientes, y obtención de la energía imprescindible por métodos renovables de bajo impacto ambiental. Todo ello dentro de un necesario cambio de modos de vida, reduciendo el consumo en el Norte para que el Sur tenga margen para aumentar el suyo hasta niveles dignos.

Las crisis del petróleo de los años 1973 y 1979 demostraron que el ahorro puede considerarse en si mismo una fuente de energía: la intensidad energética (energía necesaria para producir una unidad de PIB) de la CE se redujo en un 25%. El informe de la Comisión Mundial para el Desarrollo y Medioambiente (informe Bruntland) señala que es posible reducir a la mitad el consumo de energía de los países ricos y crecer simultáneamente un 3% anual. Requiere un considerable esfuerzo la reconversion de las economías occidentales para aprovechar el potencial de ahorro, aunque, irónicamente, algunos analistas sostienen que en un verdadero mercado libre, no deformado por la presión de grupos de interés, seria la opción natural pues la obtención y quema de un barril de petróleo, por ejemplo, es mas cara que la implantación de medios de eficiencia que evitarían necesitarlo.

Es fundamental que la demanda energética de los piases en vías de desarrollo se satisfaga con tecnologías eficientes, la utilización de la mejor tecnología disponible podría proporcionar, en ciertos países, un nivel de servicios similar al de Europa en los 70 con un consumo de energía solo un 20% superior al que tenían en los 80. Además la eficiencia reduce el numero de centrales necesarias, por tanto libera capital y disminuye la sensibilidad al coste de suministros.

No faltan vías de solución a los problemas que enfrenta el planeta, sino voluntad política de llevarlas a cabo, como ejemplo véase que a lo largo de los últimos diez años menos del 1% de los prestamos del Banco Mundial se han dirigido a proyectos de eficiencia.

Las energías renovables todavía reciben una atención meramente simbólica de muchos gobiernos, a pesar de ello suministran el 20% del consumo mundial, y para el año 2030 estarían en situación de cubrir el 70% si se impusiera la racionalidad energética. Por el contrario, pese a nacer con un apoyo gubernamental casi ilimitado, la energía nuclear solo alcanza a suministrar el 5% del consumo mundial y en la ultima década se ha llevado (junto con los combustibles fósiles) el 74% de la financiación publica para I+D de los países industrializados. Se pretende sacar partido del cambio climático para rehabilitar su mal nombre con el argumento de que no es generadora de CO2, pero se puede afirmar que la apuesta por la energía nuclear empeora el calentamiento global al desviar inversión en eficiencia eléctrica, que desplazaría bastante mas combustión de carbón por unidad de coste.

Para enfrentar el cambio climático, la producción de energía eléctrica por métodos sin combustión basados en recursos renovables tiene ventajas abrumadoras: una central convencional de carbón emite 962 Tm/GW por hora de operación mientras una eólica tan solo 7.4 durante el proceso de construcción. La energía solar fotovoltaica y térmica se sitúan por debajo de esta cifra. Los impactos ambientales asociados (únicamente el ahorro energético, la energía no producida, carece de efectos ambientales indeseables) se centran en ocupación del suelo y alteración del paisaje (en algunos casos impacto sobre la avifauna, alto nivel de ruido, elaboración con productos peligrosos o suma de pequeños impactos), pero son en cualquier caso menores que los de fuentes convencionales: una central de carbón ocupa 2.7 veces mas territorio que una eólica para la misma producción de energía.

Así como en materia de generación eléctrica existen alternativas viables e incluso, hoy por hoy, competitivas en el mercado, para un uso energético masivo y en crecimiento como es el transporte, la dependencia de derivados petrolíferos es superior al 95% sin que aparezca en el horizonte próximo ninguna tecnología que lo sustituya. El 30% del total de energía consumida en el mundo se emplea, como consumo final para transporte (la mitad del petróleo importado en el caso del estado español). Se estima que origina el 25% de las emisiones de carbono a la atmósfera, además del 47% de los óxidos de nitrógeno y cantidades semejantes de hidrocarburos y conocido de carbono. El transporte de mercancías por carretera en camiones de 40 Tm produce 5 veces mas CO2 que por ferrocarril, y sin embargo se prevé un crecimiento del 40 al 70% en los próximos 20 años del transporte por carretera.

Las medidas aplicables para disminuir el impacto del transporte son, esencialmente, maximizar la eficiencia de los vehículos mediante normas de obligado cumplimiento para fabricante y usuarios (limites de velocidad) y reducir su utilización fomentando una amplia red de transporte publico con incentivos para el tren, y una política urbanística que favorezca el uso de la bicicleta y cierre el paso del coche al centro de la ciudad (todo lo contrario a la construcción de aparcamientos subterráneos). También planificación del territorio para disminuir las necesidades del transporte y la dependencia del coche privado en el urbanismo disperso.

No hay mucho tiempo para la duda, el panorama con que se presenta el nuevo siglo es muy sombrío y nuestra capacidad para modificarlo disminuye con la acumulación de CO2. Cuanto mas se retrase la adopción de nuevas tecnologías energéticas eficientes y blandas mas difíciles serán las medidas a tomar.